¿Es adecuada nuestra estrategia para competir?

La competitividad es un concepto que cada día utilizamos en los ámbitos económicos de nuestro país. Tenemos carencias como país para ser competitivos, nuestras empresas podrían ser más competitivas, son premisas que de forma muy habitual utilizamos los profesionales para describir parte de la causa de nuestra crisis o lenta recuperación. ¿Pero entendemos todo el mundo lo mismo por el concepto competitividad?, en realidad ¿hablamos de lo mismo?

La competitividad es aquella capacidad que posee alguien (país, empresa, trabajador, profesional, etc.) para salir airoso en la consecución de sus objetivos en la lucha con otros países, empresas, trabajadores o profesionales. Por tanto estamos hablando de nuestras armas para luchar por conseguir los resultados a los que aspiramos. Si entendemos la competitividad así, la siguiente pregunta es ¿qué carencias poseemos para ser menos competitivos que otros?.

Para alcanzar nuestros objetivos lo primero que tenemos es ser conscientes de nuestros recursos humanos, económicos, geofísicos, tecnológicos, etc., es decir lo primero es conocer en que situación estamos para la “lucha”, conocer con exactitud las demandas de los mercados y perfil de nuestros competidores, en función a ello establecer objetivos a lograr y posteriormente establecer las estrategias y acciones que nos llevarán al logro, sin  olvidarnos de tener un garante sistema de control que nos vaya permitiendo ver nuestros resultados en la lucha.

Si esa es la manera de ganar competitividad y tras ver las actuaciones que se hacen en muchas empresas y en nuestro país a nivel gubernamental, todo parece indicar, solo por los resultados que obtenemos que nuestro nivel de competitividad aumenta, con lo cual ¿debemos estar satisfechos?, mi respuesta es no!.

En competitividad olvidamos con excesiva frecuencia que no toda competitividad es adecuada o de interés a nivel global y social. Mi empresa puede ganar cuota de mercado de forma importante pero si eso no supone un aumento de riqueza y de valor para todos los colectivos que integran la organización, puede que la empresa tenga buenos resultados contables y en ventas, pero eso que es un magnifico síntoma, esconderá o enmascarará una enfermedad muy grave, desequilibrios patológicos de bienestar entre colectivos. Esa enfermedad se puede diagnosticar al comprobar como el gap entre rentas per capitas se agranda, unos ganan mucho dinero y la gran mayoría pierden poder adquisitivo o posibilidades de desarrollo, síntomas como que el talento se vaya por nuestras fronteras a “borbotones”, síntomas de índole como que el clima laboral esta enrarecido, empobrecido,  los trabajadores asustados, la dirección imponiendo condiciones inaceptables en pos de ser “competitivos”, o síntomas como que cada  año seamos capaces de patentar menos y más sólidas ideas, tecnologías o recursos. Cuando se sume un país o empresa en una “depresión” funcional que padecen muchos de esos integrantes: ciudadanos, trabajadores, proveedores, stakeholders, esa competitividad que conseguimos es nociva socialmente hablando.

La competitividad tiene que tener un efecto positivo sobre la sociedad, no sólo sobre una parte de esta, no se puede aceptar empobrecer derechos laborales, imponer condiciones infrahumanas a trabajadores, tener relaciones empresariales dictatoriales y empobrecedoras, tener una presión fiscal inadecuada, etc., y es que las empresas es lo más importante para sanear una economía y se les debe apoyar en que logren sus objetivos, pero no a cuenta de favorecer unos colectivos y derrotar a otros. Empresa somos todos.

Haciendo una radiografía de nuestra situación, de nuestros recursos, de los mercados en los que nos movemos, con quien o quienes competimos, de que somos capaces de conseguir como país (en mucha parte de nuestro tejido empresarial), creo que la estrategia utilizada es inadecuada, y no por que lo diga yo, sino así se confirma tras ver nuestros resultados  que a nivel cuantitativo, pueden no ser malos pero a nivel cualitativo, que es  lo que marca la calidad de vida de las sociedades, no son nada halagüeños.

Tenemos recursos suficientes por optar por estrategias más basadas en el valor y menos en el coste. Se han recurrido a fórmulas antiguas que nos dieron buenos resultados hace años en otras crisis, pero nuestra situación y posibilidades son otras, pero obviamente dejando salir el talento de nuestro país,  no apostando por el saber hacer y solo recurriendo a la austeridad, nos quedan muy pocas oportunidades de luchar con nuestros países competidores e incluso estos en ocasiones no están bien definidos y esto puede ser parte del problema. Pretender luchar por costes con China, la India, o Taiwán desde ya os digo que es una guerra perdida. Entiendo que debemos centrar nuestra estrategia en el valor técnico, innovador y saber hacer, para ganar una competitividad sana y beneficiosa para nuestra sociedad en su conjunto, que es o debe ser el objetivo último de nuestros gobernantes sean del signo político que sean. Centrarnos en la reducción de costes internos (como pueden ser las condiciones laborales de nuestros trabajadores) o externos (precio de petróleo, inyección económica BCE,  devaluación de euro, no poseemos influencia en estos hechos por tanto estamos a su disposición), es una estrategia que deja puerta abiertas a demasiados competidores y todos ellos mejor preparados que nosotros para luchar por esto, por menores costes. Si esta reducción surgiera de la eficiencia tendríamos alguna oportunidad, pero no es el caso para la generalidad de situaciones.

Necesitamos ganar competitividad en todos nuestros ámbitos económicos, es delatador ver como la recuperación macroeconómica, no ha calado como debiera a nivel microeconómico en la economía práctica del día a día, del individuo,  y esto para mí la lectura que posee es que la competitividad que hemos ganado no es saludable para todos, solo para los resultados de las empresas y para grandes accionistas que han recuperado su nivel de fortuna anterior a la crisis. Si la competitividad que conseguimos imponer no se traduce en empleo de calidad, en sueldos dignos, en mejores proyectos de vidas, en mayores ingresos, mayor capacidad de inversión en innovación, en mayores ratios de bienestar etc., es una competitividad que hará un gran favor a las empresas  o mejor dicho a los accionistas de las empresas y que causará el caos en el resto de colectivos, y será un “boomerang” que se volverá incluso en contra de estos, pues este deterioro afectará negativamente posteriormente en los propios resultados de las empresas y de sus accionistas.

Debemos ser más competitivos con otros recursos que posemos y que no ponemos en valor y a servicio de la competitividad con la intensidad y compromiso adecuado, con otras estrategias, con otras acciones, pero sobre todo con otro fin, y este no de ser otro que nos veamos beneficiados todos/as del aumento de competitividad. Para empobrecer situaciones y escenarios sociales siempre hay tiempo, pero nunca excusas

@rafacera

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